Vivir en un piso 9 tiene sus pro y sus contras, por una parte, la vista es espectacular, se puede ver Santiago en toda su magnitud, los cerros verdes que parecen de mentira y dan ganas de rodar por ellos hasta el cansancio, las casas que cuelgan de éstos, verdaderos palacios en medio de la nada, y así podría enumerar mil cosas más, pero el único gran problema de todo esto es que debo usar el ascensor.
Esta fobia comenzó cuándo yo tenía 10 años, con mi madre íbamos al departamento y se cortó la luz, fue HORRIBLE, comencé a dar vueltas pegada a las paredes de tal forma que mi madre quedó en medio, habían pasado como 5 minutos y no aguantó más, me dio una cachetada y gritó que me calmara, no lo conseguí, seguí dando vueltas y mi madre no paraba de gritar. Paré. Se alivió, me tiré de espaldas al suelo diciendo despacio “voy a morir junto a ella”, me escuchó y preguntó si tanto le odiaba que no quería morir a su lado, iba a responder, el ascensor se movió, silencio absoluto. Llegamos al departamento.
Lo primero que hice fue encerrarme en mi pieza y jurar que nunca más subiría a ese estúpido aparato; más tarde mi madre me llamó a comer, no hablamos nada, recogí mi plato y huí, pero justo al cerrar la puerta me grito “lo sé”, me di vuelta con cara de pregunta
- ¿Qué sabes?
- Que me odias
- ¿Y a ti quién te ha dicho eso?
- Tú
Fin de la charla, puse la música muy fuerte para no sentirla ni siquiera cuándo grita, no pude evitar dar vueltas su afirmación “me odias” se repetía tanto como un almuerzo mal digerido.
Pasaron los días y no volvimos a tocar el tema.
Por supuesto, cada vez que debía bajar del departamento, era un martirio, así que optaba por correr por las escaleras, como si me persiguieran, hasta que un día el conserje me preguntó
-¿por qué no usa el ascensor?
- No lo sé... yo... eh...
- No me diga que le da miedo
- Y si fuera así que…
Volví a correr, está vez hacia la calle, tres cuadras más allá del edificio me detuve, no podía ni respirar, necesitaba encontrar una forma memos agotadora de salir de mi casa, me senté en un paradero para tratar de recuperar la respiración y pensar en una solución, en eso escucho una bocina, miro, era mi madre
-¿Adónde vas con tanta prisa?
- A ninguna parte ¿por?
- Vamos, súbete, acompáñame a comprar
- Mira, ummmm… en realidad… yo… tengo que ir donde la Paula ¿la recuerdas?
- Sé que mientes, pero no importa, chaíto!.
Me mató así de simple o más bien me sorprendió. Cero escándalo, cero grito, menos mal, no soportaría oír su aguda voz gritando desde el auto y yo con cara de espanto sentada en el paradero.
Tras dar varias vueltas por el barrio volví al departamento, sabía que no encontraría a mi madre, fácilmente se puede demorar horas en elegir una blusa que le combine con no sé que y que la haga ver delgada y mil cosas más.
Subí por las escaleras, pero esta vez no corrí, me demoré bastante en llegar, hasta que abrí la puerta que quedaba justo frente a la de mi casa.
Al entrar miré a mí al alrededor y descubrí que me gustaba mucho su decoración, tenía una buena distribución y siempre estaba limpio (la empleada era un 7, por que mi madre...), aproveché la soledad y abrí el ventanal lo más que pude, el sol pegaba fuerte, pero por suerte una grata brisa se paseaba a sus anchas, puse música y me tiré al suelo de espaldas igual que en el ascensor, pero con la gran diferencia de no tener a mi madre al lado y que el espacio era mucho más grande y agradable.
Fácilmente estuve como 1 hora así, sin moverme y con la mirada completamente perdida, tratando de ordenar mis ideas y buscando soluciones, en eso no me di ni cuenta cuándo abrió la puerta “baja el volumen” gritó de tal forma que salté al instante, corrí al equipo y lo apagué, cerré el ventanal y me escondí en mi pieza.
Al rato golpeó “sale, tenemos que hablar” me dijo con un tono bastante relajado, pero serio.
- Tu padre me pidió que fueras a visitarlo en domingo
-¿Y para que quiere que vaya?
- Creo que va a comunicarte algo, no sé, no me dijo nada claro, ya sabes como es tu papá
- Capaz que ahora salga con que me va a quitar la mesada y va a empezar con la tonterita de que ahora su familia creció, tres hijos no son poco y más encima yo que ni trabajo, que me va más o menos en la U y que estoy viejota para vivir de la caridad de ustedes y bla, bla, bla...
- Podrías dejar de quejarte Pamela, solo pidió que lo fuera a ver
- Raro hallo que lo defiendas, más que mal no olvides que se fue hace tiempito y nos dejó tiradas como chicle… y… nunca se acuerda de nosotras…y… no me di ni cuenta como su mano volvió a golpearme como hace once años atrás, pero esta vez no gritó solo me dijo “no vuelvas a repetir eso nunca más, me entendiste”.
Pasaron los días y solo me hablaba para llamarme a comer, nunca sentí pasar el tiempo más lento que durante ese periodo, los almuerzos, cuando se quedaba en la casa, eran eternos así que opté por almorzar en la universidad.
Llegó el famoso domingo y me dirigí, con ninguna gana, a la casa de mi padre, me fijé que había cambiado el auto “le estará yendo mejor” pensé.
- Hola Pamelita ¿cómo estás?
- Pamela por favor Ximena, bien gracias... y mi papá?
- Salió con los niños, pero vuelve luego
La espera se hizo más insoportable que los almuerzos con mi madre, la Ximena, la nueva esposa de mi padre trataba a toda costa de ser gentil y amorosa y eso a mí me aburría de sobremanera.
- Llegamos Xime, hola Pame ¿cómo estás?
- Hola papá, aburrida, pero bien y tú
- ¡¡Feliz!!, hija debo darte... en realidad debemos darte una hermosa noticia, la Xime está embarazada
-¿De nuevo?
- Pamela como es eso, deberías ser más simpática, más que mal tendrás otro hermano
- Medio hermano, y precisamente no me interesa mucho el tema, ¿sabes?
- Pamela por favor, te ordeno que seas más amable con la Ximena y el hijo que está esperando
- Lo siento “papi” pero no me resulta… además no recibo ordenes y estoy acostumbrada a ser hija única
En la micro camino a casa, pensé “esta tipa no tiene idea de lo que son loa anticonceptivos, está perdida, parece conejo”.
Llegué pasada las ocho de la noche, mi madre regaba las plantas y me preguntó como me había ido
- En realidad no sé, sólo te puedo informar que tu ex marido continúa repartiendo espermios como malo de la cabeza
- ¡¡Habla claro Pamela, por favor!!
- Ok, la Ximenita va a tener guagua
-¿De nuevo?
No hay duda, de tal palo...
Tras superar el “trauma”, aunque mayormente no me afectaba, traté de concentrarme en mis estudios, estar en cuarto año de una promisoria carrera de periodismo no es fácil. Tirada en mi cama leía un poco de teoría de la comunicación, mi madre estaba en su oficina, el silencio era provechoso. Sonó el teléfono
- Aló
- Pame, hola, ¿qué haces?
- Estudio, madre ¿por?
- Es que quiero que vengas a buscarme a la oficina y me acompañes donde tu abuela, no puedes negarte
-¿No puedo?
- No
- Y si te digo que tengo prueba y que si me va mal me echan para siempre de la Universidad y que seré la vergüenza de la familia…
- NO
- Ok, nos vemos
A las siete de la tarde estaba afuera de su trabajo esperándola, nos subimos al auto y nos dirigimos a la casa de mi abuela.
Traté de demorarme la más posible en bajar del auto para evitar el saludo “afectuoso” de la “ita”.
- Pamelita, que linda estás, pero ¿desde cuándo usas el pelito tan corto?
- Hola abuela, estoy bien, creo, y hace cuatro años que no tengo pelo
-¿Tanto tiempo?
- Tu viaje fue bastante largo ¿no?
Esa tarde resultó ser lo bastante eterna, tuve que aguantar todas las historias de mi abuela y sus cuatro años viajando, no daba más.
Mi madre entusiasmada (o por lo menos lo parecía) le celebraba todas sus anécdotas. Yo en cambio, optaba por examinar su casa y pensaba “si tan sólo no tuviera tantos adornos, esta casa sería bastante bonita”.
Mi madre repentinamente me mira y dice “nos vamos”.
- Chao Pamelita, venga a verme más seguido
- Ok, abuela, pero no tengo mucho tiempo.
Camino a casa no hablamos, al llegar al ascensor me separé de ella y subí por las escaleras.
Al entrar al departamento ya estaba en su pieza y yo, por supuesto, me encerré en la mía.
Nunca volví a ver a mi abuela, nos avisaron esa noche como a las tres de la mañana “un paro cardiaco, no se pudo hacer nada” nos dijo su empleada.
Mi madre no lloró, solo pensaba, manejó más relajada que nunca.
Llegamos a su casa y toda la familia estaba reunida, mis tías lloriqueaban como contratadas, mis primos corrieron a abrazarme, obviamente no los abracé.
El día del entierro el cielo estaba nublado, un poco frío, mi madre se veía aún más flaca de negro, mis tías se veían ridículas con unos tremendos sombreros. El cura habló bastante rato, luego mi abuela desapareció en una alfombra verde.
Mi madre seguía sin llorar y sus hermanas se aferraban a ella como lapa, como pidiendo respuestas, que por supuesto mi madre no tenía.
Huímos, era lo mejor que sabíamos hacer y solo al llegar a la casa me dijo “he quedado huérfana”.
Las semanas siguientes transcurrieron sin grandes sobresaltos, mis notas mejoraban, mi madre trabajaba más y la veía menos. Así fue pasando el tiempo y sin darnos cuenta ya era periodo navideño, las calles estaban llenas de árboles luminosos, viejos disfrazados de pascueros regados por los centros comerciales; mi madre hizo un mini árbol en el living, lógicamente no le ayudé en la decoración, sabe que no soporto estas fechas.
El 23 de diciembre en la noche, apareció mi papá, llevaba algunos paquetes de regalo y los dejó bajo el árbol
- Pame, estos tres son para ti, uno mío, otro de la Xime y el más grande de tus hermanos
- Ok, gracias
- Y este es para tu madre
- Bien
- No los abras hasta mañana, te quiero mucho, chao...ah y feliz navidad
- Chao.
24 en la noche mi madre y yo nos sentamos a cenar como siempre, sólo que esta vez puso un mantel navideño y un arreglo bastante extraño sobre la mesa.
Hablamos, por primera vez hablamos sin gritar, me habló de su madre, de mi papá, del trabajo, yo escuchaba y creo que esta vez si estaba atenta, le conté que pasé todos mis ramos y que me faltaba muy poco para terminar la carrera, se mostró feliz y orgullosa.
Abrimos los regalos, la Ximena me había comprado una polera y un pantalón que, por supuesto, no me gustaron, mi padre me obsequió una cámara filmadora “por fin” exclamé llena de risa, el regalo grande ni lo abrí y mi madre también me pasó un regalo.
- Mamá, yo no te compré nada, no tengo plata
- Eso lo sé, no te preocupes, vamos ábrelo
- Mamá, este… yo... es lindo gracias
- Ojalá te quede bien, no sé la medida de tu dedo, pero encontré que el anillo era bellísimo y no aguanté.
Esa noche se durmió antes que yo, esta vez no me fui a mi pieza, me quedé en el living escuchando música y mirando por la ventana. Cada cierto rato miraba mi mano y veía el anillo, sabía que me acompañaría hasta mis últimos días, igual que ella. Fui hasta su pieza y la vi dormida, dejé junto a su cabeza una flor que tenía en la cocina, pensé darle un beso, pero no pude.
A la mañana siguiente, tomábamos desayuno y vi la flor en la cocina, por supuesto, nunca hablamos del tema.